El Nacionalista

23 de abril de 2024
23:44

Domingo de Ramos: ¿por qué Jesús llega en un burrito?

Domingo de Ramos: ¿por qué Jesús llega en un burrito?

VENEZUELA/ En cierta ocasión, la señora Juana se me acercó y me lo preguntó: «Padre, ¿por qué el Domingo de Ramos proclamamos a Jesús rey y damos vivas y alabanzas y después en la misa leemos toda la pasión? ¿Qué nos quiere comunicar Jesús al entrar encima de un burrito? Y, ¿qué significado tiene el Domingo de Ramos para nuestra vida hoy?

Con sus preguntas, Juana me puso a pensar en cómo explicar de manera pedagógica y existencial esta importante celebración que nos introduce al misterio de la Pascua cristiana.

Siguiendo las preguntas de mi amiga Juana, que quizás interpretan la inquietud de muchos fieles, voy a comenzar respondiendo la segunda cuestión: ¿por qué Jesús elige un burrito para su entrada triunfal en Jerusalén?

¿Qué significó que Jesús entrara a Jerusalén en un burrito?

El burrito es un signo profético que revela que el camino y la propuesta del reino de Dios, de la que Jesús es portador con su vida y praxis, van a contracorriente de los valores de la cultura dominante de este mundo, cuyo centro de gravedad es la compulsión por el poder, las riquezas y la vana gloria, por encima del respeto por el otro, del bien común y la fraternidad.

Jesús entra en un burrito, no como los reyes de este mundo, que entran con grandes carrozas y precedidos por funcionarios abriéndoles el paso y escoltados por hombres armados, imponiendo su poder… Jesús, por el contrario, entra de manera sencilla, en un burrito. El burro es un signo profético que anuncia un modo alternativo de reinar: amor y servicio.

El burro, en sí mismo, es una parábola sobre el servicio, porque este bendito animal se echa encima la carga del pueblo, alivia la existencia de la gente, la libera, acompaña la vida cotidiana y el trabajo de manera solidaria.

El burro es, pues, un signo profético que nos señala que Jesús no es un rey poderoso, sino que ha venido a «amar y servir», a acompañarnos en la vida, a aliviar nuestras cargas, nuestras angustias y mostrarnos el camino de la fraternidad.

¿Y qué esperaba el pueblo?

Pero, el pueblo que lo aclama como rey, espera que Jesús entre a Jerusalén, tome posesión, gobierne con justicia y restaure el reino de David. Al parecer, no tienen ojos para ver el contundente mensaje de un mesías montado en un burrito.

Las expectativas del pueblo y, muy especialmente el imaginario e intereses de las autoridades judías, contrastan con la misión de Jesús, que es la fraternidad de los hijos e hijas de Dios; un nosotros, plural, fundado en el «amor y el servicio», desde abajo, como  subrayará el mismo Jesús al  lavar los pies a sus discípulos.

Podríamos decir que, en la entrada triunfal a Jerusalén, hay un desencuentro entre las expectativas mesiánicas de quienes proclaman y el proclamado: Jesús de Nazaret.

Pero, Dios saca bien de nuestros males y, al proclamar el pueblo a Jesús como mesías, rey de los judíos, sin saberlo, están profesando una gran verdad «Jesús es rey», pero no en la lógica del mundo, sino de un reino alternativo, de «amor y servicio». Lo dirá delante de Pilatos: «Mi reino no es de este mundo». (Jn 18, 35-37)

Por ello, en este camino, el mismo pueblo que lo proclama con euforia triunfalista, luego, defraudado en sus expectativas mesiánicas y manipulado por la propaganda de los grupos de poder grita: –»crucifícalo», «crucifícalo». Y, Jesús, se siente abandonado: –»Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21).

No hay más grande que aquel que da la vida por sus amigos

Así, la entrada triunfal de Jesús será el pórtico de la pasión y muerte, vía Crucis, camino de Cruz. Cruz que históricamente expresa, por un lado, el rechazo por parte de los poderes del mundo al proyecto fraternal de Jesús de Nazaret y, por el otro, el amor y la fidelidad llevado hasta el extremo. «El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás» (Isaías 50,14-17).

Lo que se revela en la pasión y muerte es que Jesús lleva a plenitud su condición humana y en ese camino de honda libertad de conciencia, indoblegable ante los poderes del mundo, transparenta su condición de Hijo y hermano de la humanidad porque «no hay amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos» (Juan 15, 13-17).

En el huerto de los olivos (Mc 14, 32-52) Jesús decide llevar hasta las últimas consecuencias su condición de Hijo y hermano. Siente miedo. «Padre, aparta de mi este cáliz».

El miedo es humano y él es plenamente humano, pero, como hombre de fe, su relación íntima y profunda con su Abba-Dios, le lleva a decir «no se haga mi voluntad sino la tuya» y, después de ese discernimiento, inicia su pasión hasta la muerte en la Cruz, entregándose entera y libremente, existencialmente, como el Cordero de Dios, que en su corazón nos incluye y nos hermana.

Y como nos lo recuerda Pablo: «Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres».

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Filipenses (2,6-11).

El camino de la cruz: un sendero glorioso

En ese camino a la cruz, toca fondo y la luz de su pasión va iluminando nuestra condición frágil y pecadora: Judas lo traiciona, le pone precio a su vida, comercializa con la persona; Pedro, su fiel y gran amigo, lo niega; los demás compañeros defraudados y con miedo huyen y se encierran; solo quedan, impotentes ante la cruz, su madre, las mujeres y Juan. (Juan 19, 26-27)

Jesús, conociendo a profundidad la condición humana, se entrega totalmente en la Cruz y, acogiéndonos en su corazón traspasado, nos hace hermanos y, nos perdona: «perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34) nos entrega la promesa del Paraíso cuando se dirige moribundo a Dimas: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 44); derrama su Espíritu encomendándolo al Abba- Dios (Sal 30) y derramándolo en nuestros corazones (Rm 5,5).

Por eso, ante tanta plenitud humana revelada en la Cruz, el Centurión romano reconoce la divinidad diciendo admirado:  «verdaderamente, este hombre es el hijo de Dios» (Mt 27, 54) Haciendo, así, de la pasión y muerte, un camino glorioso.

Por eso, batimos las palmas, y gritamos: ¡hosana en el cielo, bendito el que viene en nombre del Señor!  Y, abrimos nuestro corazón para que entre, hoy, triunfal en nuestras vidas, libere nuestra libertad y reconozcamos, como Pablo, su señorío: «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».  (Flp 2, 6-11)

Batamos las palmas de nuestro corazón para que Jesús, en su burrito, entre triunfal a nuestro corazón, y el camino de la pasión, muerte y resurrección, sea un camino existencial de fe, que nos lleve a morir y resucitar para ver «todas las cosas nuevas en Cristo».

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