Tener o llevar razón

Por Noel Álvarez /  El escritor, médico y conferencista indio Deepak Chopra, dice que: Una creencia es algo a lo que te aferras porque piensas que es verdad. Para algunos psicólogos, la necesidad de siempre tener razón, refleja ciertas debilidades en la forma de ser y de pensar del individuo. Existen personas obsesionadas porque se les conceda la razón a todo trance, especialmente en el mundo político, donde cada dirigente cree tener la verdad agarrada por los cabellos. Estas personas tienen un ego superlativo y una muy pequeña empatía. Además, se especializan en cazar continuas disputas, son artesanos habilidosos en desestabilizar la armonía de todo contexto.

El arte de tener razón, es la habilidad de discutir, pero, debatir de tal forma que uno siempre lleve razón… justa o injustamente, esta es la opinión del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. Querer tener razón y demostrar que otra persona no está en lo cierto es algo que llena de alegría a cualquier ser humano. El problema se presenta cuando ninguno de los que opinan, tiene la razón. No es lo mismo “tener razón” que “llevar razón”. Tener razón es algo objetivo, una tarea difícil: es el resultado de investigación, conocimiento y lógica. Sin embargo, llevar razón es más subjetivo, más humano, allí se impone la percepción sobre la realidad. En una discusión uno puede llevar razón sin tenerla y ganar un debate a pesar de presentar argumentos equivocados, o puede tener razón y aún así no llevarla, lo que conlleva a perder una disputa que debió haber ganado.

Así comienza el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, a presentar su libro El arte de tener razón, donde se establecen un total de 38 estratagemas para llevar razón, independientemente de que uno esté, o no, en lo cierto. El autor se excusa diciendo que quien discute no combate en pro de la verdad, sino de su tesis, por tal motivo, su objetivo es dar las armas para ganar un debate o discusión. Dicho de otro modo, el filósofo sostiene una posición que parece correcta para ocultar sus verdaderas intenciones… desde el principio nos introduce una de sus estrategias para que no critiquemos su obra que, a todas luces, se basa más en llevar la razón que en tenerla.

El ser humano es una máquina de creencias. Muchas de las cosas que percibe a través de los sentidos, las programa mentalmente para repetirlas una y otra vez como una letanía, hasta apropiarse de ellas. Pertenencia que defenderá ferozmente y si no se consigue apoyo, confrontará para obtenerlo.  El ego de las personas es un mosaico variado que incluye creencias ideológicas inquebrantables, aquellas por las que es muy probable que llegue hasta perder amigos, siempre que considere tener razón.  Es prudente recordar que, es derecho de todos tener opiniones propias, verdades propias y también predilecciones, las cuales identifican y definen al individuo. Sin embargo, ninguno de esos aspectos debiera secuestrar el pensamiento hasta el punto de asumir que, su verdad, es la única verdad que importa.

Entiendo que para esto hay límites y que son importantes las actitudes constructivas.  Sin embargo, uno de los grandes males de la humanidad sigue siendo la indestructible necesidad de tener siempre la razón, actitud que crea malestar en los demás. En el mundo político todos creen ser dueños de la verdad, hablan de unidad, pensando siempre que esta debe concretarse alrededor de quien la proclama.  Mi verdad es la única y la tuya no vale. Esa premisa, enarbola el palacio mental de muchas personas, de ciertos organismos, de grupos políticos o países que gustan de vender sus idearios como panfletos moralizantes.

Nadie pensará o inferirá tan fácilmente en contra de las leyes lógicas: los juicios falsos son frecuentes, los silogismos falsos sumamente raros. No es fácil, pues, que una persona muestre falta de lógica natural, al contrario de lo que ocurre con la falta de dialéctica natural: esta es un don natural desigualmente repartido, y similar en esto a la facultad del juicio, que está repartida de forma muy desigual, en tanto que la razón lo está por igual.

Thich Nhat Hanh, conocido como “Thay” – maestro” en vietnamita – es maestro zen, poeta y un gran activista por la paz. En 1967, fue propuesto para el Nobel de la Paz por Martin Luther King. Entre las muchas historias que el maestro Thay cuenta, hay una que refleja fielmente el arte de siempre querer tener razón y con este relato concluyo el artículo de hoy:

“Era la década de los 60, en Vietnam, el contexto bélico se extendía por todas partes, incluso en las tierras antes tranquilas, serenas y marcadas por las rutinas de su gente. Una mañana cualquiera, en una región de ese país, dos viejos pescadores navegaban río arriba, cuando de pronto, avistaron una embarcación que se dirigía a ellos río abajo. Uno de los ancianos quiso remar hacia la orilla pensando que en ese barco iba el enemigo. El otro anciano, empezó a gritar a viva voz alzando su remo convencido de que era un pescador incauto y poco hábil”.

“Los dos pescadores empezaron a discutir entre sí como niños en un patio de colegio. Instantes después, la embarcación que iba río abajo los embistió de lleno lanzándolos al agua. Los ancianos se cogieron a los restos de madera flotantes descubriendo que el otro barco iba vacío. Ninguno de los dos tenía razón. El auténtico enemigo estaba en sus mentes, unas mentes demasiado obcecadas. Además de unos ojos que ya no contaban con la agudeza visual de épocas pasadas”.