Sin sanciones, ni corrupción

Por Omar A. Ávila H. / El llamado de la mayoría de los venezolanos es claro: no queremos revivir los difíciles episodios de los años 2014 a 2017, ni mucho menos repetir la desafiante etapa de 2019 y 2020. Desde Unidad Visión Venezuela, siempre nos hemos opuesto a esa «política» que, lamentablemente, ha sido un lastre para el país y, en especial, para la mayoría de los ciudadanos que luchan por sobrevivir. Es evidente cómo esta “estrategia” ha beneficiado únicamente a un reducido grupo que ahora disfruta de un exilio privilegiado, al igual que muchos chavistas, responsables de saquear las arcas del Estado, que también viven muy cómodamente en el extranjero.

Durante esos años, hubo quienes abogaron por sanciones internacionales contra Venezuela, ignorando nuestra advertencia de que «las sanciones no tumban gobiernos». Como ejemplo podemos mencionar a Robert Mugabe en Zimbabue, el cual poco le faltó para llegar a 40 años de gobierno, de los cuales, vivió con sanciones gringas la mitad de ellos. Hoy, 4 años después de su muerte sus aliados continúan en el poder, a pesar de tener la segunda inflación más alta de todo el planeta.

En fin, Zimbabue es un ejemplo muy claro que la economía no tumba régimen, todo lo contrario, los mantiene atornillados en el poder. Cuba es otro caso en el cual sucedió algo similar, murió Fidel Castro y actualmente sus aliados siguen en el poder, luego de 60 años de dictadura. Dato interesante para los que siguen aplaudiendo y creyendo que las sanciones van a “tumbar” a Nicolás Maduro.

Es fundamental reconocer que, aunque el gobierno nacional tiene la mayor responsabilidad en la crisis económica actual, hay una pequeña élite que persiste en creer que las sanciones y la intervención internacional resolverán los problemas que debemos abordar como sociedad. Sin embargo, la realidad nos muestra que estas “medidas” no son la panacea.

Además, hay que decir que la dificultad para actuar políticamente de manera democrática se agrava por la configuración actual de las instituciones del Estado, que muchos expertos califican como autoritario. Es evidente que la población sufre las consecuencias en todos los niveles: educación, salud, infraestructura y servicios públicos; situación de la que nosotros que siempre vamos a esa Venezuela profunda podemos dar fe de esta adversa realidad.

Es hora de dejar de lado la polarización política que ha afectado al país y buscar un cambio mediante un enfoque más pragmático. Urge privilegiar la racionalidad y la sensatez política para alcanzar un acuerdo que frene la crisis económica, política y social. Este objetivo puede lograrse sin recurrir a sanciones o caer en la corrupción. Es lo que anhelan tanto los opositores como los oficialistas. El país necesita un cambio, y para lograrlo, es esencial abandonar la mentalidad del «todo o nada» en favor de una transición ordenada y pacífica que beneficie a todos los venezolanos.

En resumen, es imperativo que los actores políticos y ciudadanos de Venezuela opten por una vía de diálogo constructivo, basada en soluciones tangibles y orientadas al bienestar de la población. Nunca es tarde para iniciar un diálogo nacional verdaderamente inclusivo, donde todas las voces, independientemente de su afiliación política, sean escuchadas y consideradas en la toma de decisiones cruciales para el país.