Nadie más liberal que un campesino

Por Pedro Antonio De Mendonca / Nadie más liberal que un campesino. El ciudadano del campo vive de lo que produce él mismo y de lo que producen sus familias, para consumo propio y también para comerciar. Es totalmente liberal un ser humano que se parte el lomo por sacar bien una cosecha o por tener sus animales a buen cuido y que, por ende, tiene plena conciencia del valor del trabajo; por eso sabe muy bien cuánto es que vale su propiedad y que solo él puede ponerle precio.

La izquierda ha asumido la bandera del campesinado con el discurso de que la vida del campo gira alrededor de la explotación de los pequeños por parte de los grandes. Así, ha planteado como justo el despojo de la propiedad privada a quien la posea para repartirla entre la “clase” explotada. Esta idea es contraria a la naturaleza, como la izquierda en sí: un campesino no espera que otro le dé algo, sabe que lo que es producto del trabajo propio y honrado es lo que realmente satisface. Nada les otorga más felicidad a un papá y a una mamá del campo que darles a sus hijos un plato de comida; vestirlos; calzarlos y pagarles sus estudios con el producto de su trabajo, mucho o poco. Esa es la verdadera idiosincrasia campesina, una visión de mundo particular que –con sudor, sacrificio y pasión- nace de la tierra y es una costumbre. Por eso nadie es más liberal que un campesino.

El liberalismo es una corriente de pensamiento que defiende la libertad del individuo y es contraria a la intervención del Estado en la vida privada de la gente, lo que incluye la economía. El liberalismo plantea que, para ser libre, un ser humano debe tener propiedad. Es libre quien es dueño de lo suyo, hace con eso lo que quiera y no depende de nadie; por eso el libre mercado es una de las banderas más prominentes de la ideología liberal. La vida, para el liberalismo, es el derecho fundamental y solo se concibe con libertad. Vida, libertad y propiedad son la tríada del liberalismo.

Nadie más liberal que un campesino, que madruga para atender lo suyo y que sabe muy bien que los precios los impone la naturaleza del mercado y no una conspiración de quienes producen contra quienes consumen. Un campesino sabe que los precios bajan cuando la oferta sube y viceversa y que, cuando el Estado controla un precio, desincentiva la producción, genera escasez y despierta la corrupción. El campesino lleva en la sangre la ley natural del mercado de oferta y demanda.

El trabajo fajado del campo requiere de mística: ordeñar, regar, fumigar, cosechar, fermentar, cercar, pagar, vender, comprar, tecnificar… Esa entrega, inevitablemente, fortalece la conciencia de la propiedad privada, que está asociada al espíritu indetenible de ser cada día mejor. Porque cada quien sabe que lo propio se trabaja y que los ingresos, cuando son bien administrados, se multiplican. Es la lógica campesina de la decencia, la justicia y la nobleza. De gente así están llenos los campos.

Nadie más liberal que un campesino. Que nadie se deje decir lo contrario, ni en la ciudad ni en el campo, porque es de liberalismo que están repletas nuestras sabanas infinitas y nuestras fértiles montañas. Es liberal el ADN del campesino; que se regocija en lo que es suyo y que ha hecho de ese espíritu una cultura y una tradición.

Por eso en la Venezuela de hoy los campesinos están en primera línea en la resistencia contra un régimen que sabe que es contra ellos, contra su futuro y el de sus hijos. Lo veo día a día; mientras más profundo es el Guárico que piso, más liberalismo hay en las venas de la gente. Es cierto que la mayoría no sabe que es liberal; pero el liberalismo se le desborda en cada palabra, en cada mirada y en cada gesto. Lo que sí saben es que el socialismo mata. Estamos, como nación, en un momento estelar.

Los campesinos guariqueños hoy son atacados por la guerrilla, que les quita lo que producen; por otros grupos criminales, que les cobran vacunas y por el régimen, que destruyó todas las fuentes de financiamiento lícitas, de insumos y de maquinarias. En la Venezuela libre la política rural debe dejar atrás conceptos y visiones retrógradas, que condenaron al país al hambre y a la sumisión. Con el pago bajo de impuestos, la titularidad de su tierra, la asistencia técnica y financiera y el acceso al crédito los campesinos llevarán a las reglas del juego, de su juego, sus verdaderos propósitos y su verdadera naturaleza liberal. Pero también requieren la transformación de la vialidad agrícola; el acceso a tecnologías y el ingreso a los sistemas educativo y de salud, que hoy están en terapia intensiva.

Nunca más un campesino se verá obligado a ir contra su voluntad y bajarle la cabeza a un gobernante. En libertad, el campesino será dueño de su destino como lo será, realmente, de su propiedad. Las sociedades prósperas son aquellas en las que los individuos tienen oportunidades y al Estado a su servicio. Hacia ese camino luminoso nos dirigimos quienes luchamos por la libertad de Venezuela. Seremos un gran campo agroindustrial de América Latina, que es el pulmón del planeta; tenemos hoy en los campos a gente deseosa de ponerse a valer y ser libre. Porque nadie es más liberal que un campesino.