Los ácaros de la política

Por Neuro Villalobos / La mediocridad instalada y exhibida con solemnidad; la indecencia, la impudicia y la soberbia como expresión de un pretendido liderazgo; la ineficiencia, la inmoralidad y la degradación como práctica política, contrastan con los principios, valores y perfiles que nos caracterizan como pueblo y nos distingue como nación civilizada, a pesar de los despropósitos oficiales en ese sentido.

Las ciencias, las artes, el deporte, la cultura el ejercicio profesional destacado en cualquier área del conocimiento, son rasgos distintivos del talento venezolano que hoy se extiende por el mundo demostrando lo que verdaderamente somos; no el comportamiento de esas bandas de delincuentes que  vergonzosamente nos dirigen y se exhibe fanfarronamente en las giras e invitaciones gubernamentales que otra caterva de mandatarios interesados extiende en una mal entendida solidaridad ideológica, pero muy bien definida afinidad de propósitos.

Carentes de toda ética quieren hacer aparecer el destello de nuestros connacionales como si fuera el producto de las políticas oficiales, y algunos de éstos, deslumbrados por el oropel del régimen, se prestan a su repique de tambores. Vanos intentos de apropiarse de glorias ajenas. Así son los mediocres, así actúan los que he denominado los ácaros de la política. Benjamin Franklin sentenciaba “que el día que los pícaros descubran las bondades de la honestidad, serán honestos por picardía” y José Ingenieros nos dice que es más contagiosa la mediocridad que el talento. Venezuela es un gran ejemplo de esas afirmaciones.

Los venezolanos que han puesto en alto el estandarte de la patria, que son muchos, tendrán siempre un sitial de honor, por méritos propios, no por la sombra brutal de los mediocres. Frente a cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, repetía Ingenieros, y reafirmaba, “como si para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la estulticia.”

Conscientes de nuestro propio valor y potencialidades del país, éstas son razones más que suficientes para impulsar un cambio de rumbo antes de que la tarea se haga más difícil. Frente a la terca realidad que nos conmueve, es imprescindible quitarse la venda de los ojos que hace que la conciencia sea translúcida y que se acepte como algo normal la injusticia.

Por eso, me permito dirigirme a algunos amigos que siguen en el “proceso”, en quienes si bien reconozco en ellos sensibilidad social, formación e inteligencia, creo que no deben seguir obnubilados por cierto fanatismo ideológico que no les permite discernir entre la espantosa realidad y la ficción, a pesar del dominio del lenguaje, que es el instrumento de la ciencia, y de las palabras que son los signos de la ideas, al decir de Samuel Johnson.

Esa ceguera ideológica ha hecho, y todavía nos hace, mucho daño. Es importante recordar que los grandes ideales de construir una nueva sociedad y de formar un hombre nuevo tiene poco que ver con ideologías y mucho más con valores humanos. El hombre nuevo tiene ideales de justicia. Esa que en términos de Saramago “no se envuelve en túnica de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, sino una justicia para lo cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegue a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo, sobre todo una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.”

La ciencia sirve para descorrer el velo de la verdad y no para encubrir el celo de la maldad. El amor por los pobres del mundo nos debe impulsar a atender a los que tenemos más cerca primero. Es injustificable que la pobreza haya aumentado en nuestro país en un período, -casi un cuarto de siglo-, en que el régimen lo ha tenido todo: un asombroso apoyo popular, hoy en mengua, y el más voluminoso caudal de recursos, que ha sido robado y malgastado. Lo único que no ha tenido este régimen son escrúpulos para hacer lo que le da la gana en desmedro de un pueblo que lo ha soportado y padecido estoicamente.

El mismo dolor, la misma angustia, la misma rabia, nos lacera a todos por igual ante la pérdida de vidas bien sea por genocidios, guerras, homicidios o hambre. La política tampoco puede seguir siendo una actividad para enriquecer unos pocos y empobrecer a la gran mayoría, debe ser un servicio desinteresado para beneficiar a la sociedad, sino los políticos tendrán que ser exterminados, como los ácaros.