Dios no lo hace todo

Por Pedro Antonio De Mendonca / La política y la religión, aunque muy distintas, son cuestiones que cada quien vive de manera individualísima. Por eso, debe ser respetado y defendido el derecho de cada individuo de tener sus propias doctrinas políticas y religiosas, de actuar con base en ellas y de expresarlas abiertamente. Ese respeto debe ser garantizado en todos los momentos, solo con la excepción de aquellos en los que esas doctrinas e ideas atenten contra el marco que garantiza el respeto a la individualidad de todos: la libertad.

No son pocas las personas que piensan –y sin vergüenza lo dicen- que “Dios lo hace todo” y que, por eso, es infructuoso e innecesario luchar por la libertad. Estos seres vivos añaden que estamos así, en la pobreza y el sufrimiento, porque Dios así lo dispone y que, además, dejaremos de estar en este infierno cuando él –y solo él- lo ordene. Esta es, por supuesto, una visión bastante blasfema de la vida misma y que no merece ni un ápice de consideración ni el mínimo respeto; porque, no solo atenta contra la naturaleza liberadora de los seres humanos, y de los venezolanos en particular, sino contra el mismo Dios. Porque no, Dios no lo hace todo.

Hay gente que piensa que Dios es un tipo barbudo que está sentado en algún lugar lejano del universo, viendo de día y de noche todo lo que hacemos. Son los mismos que piensan que “Cristo viene”, bajando de los cielos como de un platillo volador, en un día inesperado, a poner el orden que aquí en la tierra no se ha querido poner. Esta visión sobre Dios es tan inexacta como locatis. Porque Dios, aunque es la luz, no es una luz; Dios son todas aquellas personas que hacen el bien (imparten justicia, defienden la verdad a toda costa, practican la solidaridad), que siguen sus mandamientos, que no obstaculizan las causas justas (la libertad, el trabajo, alzar la voz ante los atropellos) y que no trabajan para el mal ni colaboran con él (desinformación, tiranías, mafias, narcotráfico, terrorismo). Dios está en ti y está en mí, tú y yo somos sus brazos ejecutores en esto que llamamos Tierra. Pero el demonio también tiene sus brazos ejecutores: gente de carne y hueso, como tú y como yo. Es oportuno entonces que cada quien analice de quién es brazo ejecutor, de acuerdo con sus pensamientos, sus expresiones y también –muy importante- sus omisiones. Dios no está en el aire; Dios eres tú y soy yo, sus hijos. Cristo ya vino y aquí estamos. Para eso, para cumplir su voluntad, nos hizo igual a él.

¿Cuál es, entonces, la voluntad de Dios? ¿Será que ese Dios, al que muchos dicen amar, está gozando con los millares de familias venezolanas separadas por el horror que vivimos en el país? ¿Querrá acaso Dios esta oscuridad? ¿Querrá Dios que haya tantos niños y jóvenes que no sepan leer ni escribir porque el sistema educativo fue destruido, querrá presos políticos que son torturados o querrá que los trabajadores del campo sean ultrajados por bandas criminales, que configuran al mismo Estado criminal que usurpa el poder? No, nada de eso. Dios no está en la miseria ni en el sufrimiento ni mucho menos en la violencia o en la muerte; tampoco en la mediocridad, en la dejadez ni en la irresponsabilidad. Ahí no está Dios, pero sí está Satanás. Dios es familia, es luz, es inteligencia, es trabajo, es respeto, es riqueza, es felicidad, es paz, es vida. Dios está en la excelencia, en quienes se preocupan porque las cosas sean cada vez mejores y en quienes asumen sus responsabilidades en su propia vida y en el colectivo. Dios está en quien ama la libertad y lucha por ella en todos los espacios y asumiendo todos los riesgos (leer, en la Biblia, el capítulo 4 de Pedro), porque esa es –y no ninguna otra- su voluntad: que cumplamos sus mandamientos, que no son ninguna carga, ni implican someternos al sufrimiento ni hacer concesiones al mal. Dios nos manda a amarnos como él nos ama a nosotros; lo que implica respetarnos, ayudarnos, inspirarnos, defendernos, motivarnos, preservarnos, mejorarnos. Eso es lo que él quiere para ti y para mí.

De manera que no, no vamos a dejar este horror cuando el señor barbudo se enoje y decida venir estruendosamente a poner orden por arte de magia y en cuestión de segundos, mientras la gente se mata o duerme indiferente. Eso no es Dios. La ley de Dios existe y solo está en nosotros, con el libre albedrío que él mismo nos dio, cumplirla o transgredirla. Dejaremos este horror cuando cada quien, como obra de Dios que es, lo decida. Cuando decidamos dejar de callar ante las injusticias; cuando asumamos con los pantalones puestos nuestras responsabilidades privadas y colectivas; cuando nos esforcemos cada día por ser mejores, lo que en el caso de Venezuela implica muchísimo movimiento en varios ámbitos para llevar a un cambio de régimen. Quien diga lo contrario, quien diga que “dejaremos de estar así cuando Dios lo disponga” porque “él es el único que pone y quita reyes” (como si en Venezuela tuviéramos reyes, en lugar de criminales), solo pretende utilizar el nombre de Dios para ocultar lo evidente: su propia mediocridad. Quienes defienden esa visión de Dios no son sus brazos ejecutores y, en ese sentido, deben también ser enfrentados. Ir a una iglesia a pegar gritos o a arrodillarse no sirve de nada cuando, en la calle y en el propio corazón, solo se quiere ser un cautivo.

Los seres humanos enfrentamos hoy fuerzas poderosas del mal. En el caso venezolano, un sistema de mafias que destruyó al país para tener controlada a una sociedad de inútiles, ignorantes y cobardes; una sociedad que no sea de Dios. Es por eso que, con valentía y absoluta responsabilidad, debemos desarroparnos de la desesperanza –que es, por cierto, un gran pecado- y luchar por la sociedad que queremos y merecemos, porque somos hijos de Dios: una sociedad de gente útil, inteligente, valiente, rica, fuerte, productiva, feliz, libre. Y quitar del medio lo que nos lo impide, que es ese sistema de mafias. Dios está con nosotros, es lo que él quiere; de manera que nuestra fortaleza es gigante. Trabajemos día a día, con pasión y entusiasmo, por ese cometido. En la casa, en la oficina, en la calle. Dios lo quiere porque es su mandato y necesita de tu brazo y del mío para lograrlo. Porque no, Dios no lo hace todo.

No todo el que me dice: “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mateo 7:21)