Día de los Muertos

Por José Rafael Herrera / Dice Vico en la Scienza Nuova que una de las propiedades de la mente humana consiste en  transformar la idea de lo lejano y desconocido en cosas que le son conocidas y presentes, dotándolas de cualidades superiores. O como observara Tácito, magnificándolas: “Omne ignotum pro magnifico est” (todo lo desconocido se magnifica).

La siempre dramática relación con la muerte es una de esas ideas que, no sin razón, históricamente ha sido transformada por la humanidad en una de sus cosas más sagradas, superiores, magníficas. En todo caso, el mismo Vico explica porqué son tan importantes los difuntos para el desarrollo de la historia del mundo civil, del que surgen los “principios universales y eternos, sobre los cuales surgieron y se conservaron todas las naciones”.

En efecto, sin excepción, las naciones -observa el filósofo italiano-, tanto “las bárbaras como las humanas”, por más que hayan sido fundadas de manera diversa o por más lejanas que se encuentren entre sí, han tomado estas tres costumbres humanas, a las que han elevado a la condición de principios universales y eternos: “todas tienen alguna religión, todas contraen matrimonios solemnes, todas sepultan a sus muertos”. Y fue por cierto en virtud de estas tres cosas “que comenzó la humanidad en todas las naciones, y por ello todas deben custodiarlas santamente para que el mundo no se embrutesca y no vuelva a la selva de nuevo”.

Sepultar a los muertos, más que cuestión de simple ritual o de mera formalidad litúrgica, contiene un significado cultural mucho más hondo del que se pueda llegar a sospechar. De hecho, la palabra sepultura deriva de humandus, que es, nada menos, la raíz de humanitas o humanidad, porque en el acto de sepultar a los muertos se concentra “el sentimiento común de todo el género humano”.

Incluso, las sepulturas configuran los límites existentes entre los territorios, cabe decir, son el fundamento topográfico, la frontera, a partir de la cual se trazan los orígenes tanto de las distintas familias y etnias, como de las ciudades, pueblos y posteriores naciones.

La muerte es, en consecuencia, un límite, una determinación, la confirmación no tanto del más allá como del más acá, no sólo espiritual sino también material: “al estar durante mucho tiempo quietos y situar las sepulturas de sus antepasados en un lugar determinado, resultó que fueron fundados y divididos los primeros dominios de la tierra, cuyos señores fueron llamados «gigantes» (que suena semejante en griego a «hijos de la tierra», o sea, descendientes de los sepultados), y, en consecuencia, se consideraron nobles, al estimar con ideas justas, en aquel primer estado de cosas, la nobleza por haber sido engendrados humanamente bajo el temor de la divinidad”. Todo lo cual hizo posible el surgimiento del llamado “derecho natural de gentes” y, con él, la organización de la vida social y política.

Honrar el recuerdo de los sepultados es honrar la propia tierra y, con ella, honrar los principios, los valores, las costumbres, las enseñanzas, el esfuerzo y la pericia, en fin, el patrimonio dejado por los mayores. Terra patria es la tierra de los padres. Patres son los antepasados. Todo lo cual significa que el acto de honrar de los padres se proyecta sobre la propia honra, sobre el honrarse a sí mismos, en tanto herederos legítimos de la conquista de una determinada gentil civilidad.

Que la industria cultural haya vendido la representación de la conmemoración del “día de muertos” como un gran trick or treat de golosinas, calabazas sin alma y disfraces de un terror fantoche, vaciado de contenido, es otro discurso, incluso, muy a pesar de la genialidad de un escritor de la talla de Washington Irving, autor de La leyenda de Sleepy Hollow.

En la obra de Irving, ambientada en la pequeña Holanda que alguna vez fue Nueva York, Ichabood Crane, un profesor de escuela primaria, supersticioso y ambicioso, se enamora de la bella Katrina van Tassel, hija de un acaudalado granjero. Pero la joven también es pretendida por Abraham van Brunt, mejor conocido como Brom Bones. Una fría y nublada noche de octubre, Crane asiste a la “fiesta de la cosecha”, en casa de los Van Tassel.

Y ahí, después de disfrutar el festín, escucha los escalofriantes relatos de aparecidos narrados por su rival Van Brunt, especialmente el de un jinete  que, en batalla, había recibido un balazo de cañón en la cabeza y ahora su fantasma solía cabalgar por las noches, sable en mano, para encontrar una que reemplazara la suya, por lo que solía degollar a sus víctimas en la penumbra. Cuando se marchaba a casa, afectado por el peso de su fracasada declaración de amor a Katrina y muerto de miedo por los relatos de Brom Bones, el descabezado se le aparece en el camino cabalgando su corcel.

El pánico se apoderó de Crane, quien hizo todo lo posible para atravesar a todo galope el lúgubre puente del cementerio. Pero fue alcanzado por el macabro espanto. A la mañana siguiente, nadie más supo de Crane en el poblado. Las buenas gentes, que salieron en su búsqueda solo encontraron su sombrero y su caballo junto a una misteriosa calabaza, semejante a una cabeza destrozada.

No sin cierta cautela y sutileza, la magistral leyenda de Irving sugiere que, detrás de la intangible figura horrenda del aparecido, se ocultaban los tremulosos huesos de Van Brunt. ¿Quién se ocultaba tras el no menos horrendo asesinato de Oscar Pérez, de Fernando Albán o de tantas otras víctimas de la ambición desmedida? ¿Qué jinete sin cabeza pudo haber transformado en calabazas destrozadas las vidas de quienes -a diferencia de Crane- se entregaron con pasión y valentía a la lucha por preservar su tierra, su patria, la tierra de sus padres? Cuando la crueldad se convierte en culto, la piel del león debe ser elevada a las estrellas.

Los hijos de la tierra merecen más que una ceremonia o que una demostración pública de admiración y respeto. Merecen, por el bien común y el derecho de gentes, justicia. La lucha por la libertad es el recuerdo de un recuerdo. Consiste en volver a hilar –re-cordar– la madeja del pasado común desde el presente y, al mismo tiempo, recuperar desde el presente la madeja común del pasado. Transformar lo lejano y desconocido en lo conocido y actual. El día de honrar a los muertos es, en verdad, el día de honrar como nunca la vida de los que luchan por recuperar la tierra profanada.