VENEZUELA / Me gusta cumplir años. Mamá y papá siempre me preguntan qué quiero hacer y contesto siempre lo mismo: ir a la playa. Me encanta el mar, el sol, sentir la arena calientita en mis pies. Pero lo que más me gusta es ese olor a mar.CADENA DE FAVORES

Cuando llegamos les dije que iba a caminar con mi hermanito, a quien le encanta recoger caracoles y conchas. Comenzamos la caminata y nos detuvimos porque vimos algo que parecía como una especie de perro chiquito

—¡Mira Elías! Alguien dejó olvidado su perro —dijo Daniel.

—En la playa no hay perros solos, seguro es un alga —dije yo, convencido de lo que veía.

Al acercarnos nos dimos cuenta que no era ni una cosa ni la otra…era una peluca. Nos miramos confundidos, porque no entendíamos qué podía estar haciendo una peluca en la playa. La tomamos para llevarla. Quizás alguien la estaba buscando desesperadamente.

De pronto, escuchamos un silbido a lo lejos y era papá que nos estaba llamando para que regresáramos. Mientras íbamos de vuelta, sentí pequeños pinchazos en la parte de atrás de mi pie. Y al voltear, vi algo que me dejó con la boca abierta.

—Epa, tú, ¿qué crees que haces? ¿A dónde van con mi peluca? —dijo un cangrejo.

¿Un un un can can can cangrejo que habla? —dijo mi hermano.

—Pues sí, soy un cangrejo que habla, que además usa peluca y ustedes se la están robando —dijo el cangrejo molesto.

—No, señor cangrejo, no la estábamos robando. La conseguimos en la orilla y la tomamos para devolverla a su dueño —dije yo.

—Mmm, bueno, mucho gusto. Soy su dueño. ¡Ahora dámela! —dijo mal genioso.

—No se moleste, aquí la tiene – dijo Daniel, colocándola en la arena.

—¡Sí me molesto! Es la peluca más hermosa de los siete mares. Me la regaló Harry el tiburón martillo por haberle hecho un favor. Iba camino a la barbería del pez sierra a que me hiciera un corte moderno, cuando una ola me tumbó y la peluca se soltó de mi tenaza — dijo el cangrejo, colocándosela.

—Entiendo. Quizá le puedas decir al pez sierra que solo te corte un poquito la parte de adelante para que puedas ver bien —le dije yo, sonriendo.

—Ah, pues sí. Me gusta tu idea. Disculpen si creí que robaban mi peluca. Ustedes me hicieron un favor y ahora yo se los agradeceré. Les regalo esta linda perla —dijo el cangrejo, más calmado, sacando una perla de su cabeza.

—Las perlas son muy costosas. No podemos aceptarla —le dije yo, sorprendido.

—Sí que pueden. La gentileza y los favores se devuelven. Son como una cadena, que no debería detenerse. Ir por la vida haciendo el bien sin importar a quien —dijo el cangrejito, reflexivo.

—Pero es que no podemos aceptarla —insistí yo.

—Claro que sí. Y no me hagan molestar de nuevo. Me están haciendo perder mi tiempo. Voy apurado a la barbería —dijo nuevamente enojado el cangrejo.

Entonces tomé la perla y el cangrejo se fue apuradito, adentrándose al mar.

—Papá no nos va a creer —dijo riendo mi hermano.

—Capaz sí. Fíjate que mamá tiene muchas perlas. Seguramente papá forma parte de una cadena de favores.